Qué restos sí y qué restos no alimentan a las lombrices
Publicado el 14 de marzo de 2025 · Lectura de 4 minutos
Cuando el contenedor lleva unas semanas funcionando, la duda ya no es cómo montarlo, sino qué entra cada día. La respuesta corta: casi todo lo que sale crudo de una fruta o una verdura, y casi nada de lo que ha pasado por una sartén.
Las cáscaras de manzana, los restos de lechuga, los posos de café y las bolsitas de té se descomponen rápido y aportan la humedad que el lecho necesita. Las hojas verdes marchitas también sirven, siempre que no lleven aliño. En cambio, la carne, el pescado, los lácteos y cualquier plato cocinado con aceite fermentan antes de descomponerse: huelen mal, atraen moscas y desequilibran la acidez del sustrato.
Hay un detalle que se pasa por alto con frecuencia: el tamaño. Un trozo grande de piel de sandía tarda semanas en ceder, mientras que el mismo trozo cortado en tiras se integra en pocos días. Trocear y enterrar ligeramente bajo la capa superior de material seco evita que queden restos expuestos y que aparezcan insectos.
Si llevas un registro sencillo de lo que añades cada semana, en dos o tres ciclos empiezas a ver el patrón: cuánto admite tu contenedor sin que la humedad se descontrole y qué proporción de restos húmedos y secos mantiene el sistema estable.