1. Punto de partida
Preguntamos cuántas personas viven en el piso, qué se cocina habitualmente y en qué rincón cabe el contenedor mate. De ahí sale el volumen de la bandeja y la frecuencia de carga.
Se coloca el contenedor mate en un rincón ventilado, lejos de la luz directa y de fuentes de calor. El lecho arranca con fibra de coco humedecida y un puñado de material ya procesado: así las lombrices encuentran refugio antes de que llegue la primera carga de restos.
Se incorporan restos vegetales troceados, en capas finas y enterradas a poca profundidad. La proporción se equilibra con material carbonado seco. Si el lecho gotea al apretarlo, se añade fibra; si cruje, se pulveriza con agua sin encharcar.
Las capas porosas y los volteos ligeros evitan bolsas sin oxígeno, que son el origen de los olores ácidos. Aquí se nota si el sistema está equilibrado: el material huele a tierra húmeda y no a fermentación.
La bandeja inferior recoge el líquido que escurre del lecho. Se vacía con regularidad y se guarda aparte, porque no se aplica puro: se diluye antes de usarlo como riego suave en las plantas de interior.
El material se oscurece, pierde estructura reconocible y adquiere textura granular. Ese es el humus maduro. Se retira una parte, se deja reposar unos días y se mezcla con sustrato en proporción pequeña para macetas y semilleros.
A partir de ahí el ciclo se repite con menos intervención: el contenedor marca la cadencia, la humedad se corrige en minutos y la rutina se vuelve silenciosa dentro del piso.
Si quieres ver cómo se aplica esto en un piso concreto, revisa la guía para empezar en un espacio pequeño o escríbenos desde contacto.